miércoles

Sirva otra copa Compadre!

Para los amantes del buen vino la mejor propuesta de turismo, en cualquier época del año, la encontramos en Mendoza, con la ruta del vino.






Mendoza es el centro vitivinícola mas importante de America, produce infinidad de variedades de cepas tintas y blancas. Dentro de las tintas encontramos malbec, Cabernet Sauvignon, Merlot, syrah, Pinot Noir, entre otras, y dentro de las blancas se produce Chardonnay, Chenin, Sauvignon, Pedro Ximenéz, Ugni Blanc y mas.

Con el tiempo los vinos mendocinos han ganado espacio dentro del mercado internacional, bodegas de la provincia han ganado medallas en grandes concursos en Francia,España, Bélgica, Turquía, Canadá y Estados

Unidos. De 1986 a la época se ganó 2358 medallas, ubicando así a Argentina dentro de los tres países mas premiados de la década.

La provincia concentra casi 900 bodegas, con productos de alta calidad que encontraron reconocimiento internacional.

La Ruta d
el Vino se propone con una extensión de poco más de 400 km, desde General Alvear, en el sur, hasta el departamento de Rivadavia, pocos km al este de la capital provincial, proponiendo la degustación de los mejores y de las mas alta calidad de vinos.


El recorrido puede dividirse en cuatro regiones: Sur: en los departamentos de General Alvear y San Rafael, integra el oasis productivo más austral de la provincia, con bodegas de proyección internacional. Valle de Uco: 100 km al sur de


La ciudad de Mendoza y entre los 900 y los 1.200 metros de altura, comprende los departamentos de Tunuyán, Tupungato y San Carlos. Es la región de vinos más joven y en pleno auge. Valle Central: los departamentos de San Martín, Santa Rosa, Rivadavia y La Paz -50 km al este de la ciudad de Mendoza- albergan la mayor cantidad de viñedos. Región Centro: Godoy Cruz, Guaymallén, Maipú y Luján de Cuyo conforman la llamada "primera zona vitivinícola", donde se concentra la mayor cantidad de bodegas abiertas al turismo; desde las tradicionales y familiares hasta las boutique, y el imperdible Museo del Vino de la familia Rutini. Es la región más visitada por los amantes del vino, a unos 15 km de la ciudad de Mendoza.

También, año tras año el primer fin de semana de marzo se celebra la fiesta de la vendimia, conmemorando el tiempo de la cosecha de la uva. La celebración más importante para los mendocinos, ya que se trata del homenaje que el hombre le dedica a su industria principal, la vitivinícola. es un espectaculo para poder disfrutar en familia que esta lleno de color, show, bailes regionales en un escenario natural, como es la montaña.

Además se puede de disfrutar de una infinidad de propuestas turisticas que ofrece la provincia, sumado a la ruta del vino.


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viernes

Conociendo Estados Unidos en familia

La vida está llena de sueños y pocas cosas hacen tan felices a las personas como el poder concretarlos.Este viaje fue precisamente eso, un sueño hecho realidad. Enero de 1999, un dólar americano igual a un peso: toda una utopía. Aprovechando ésa circunstancia sumado al hecho de que en aquellos días desde el punto de vista laboral estaba pasando por la “época de las vacas gordas” decidimos con mi esposa viajar en familia a EEUU. El viajar en familia no era una cuestión sencilla ya que implicaba ocho personas: papá, mamá, cinco hijos (tres varones y dos nenas) y mi madre que en aquel entonces tenía ochenta años.
La incipiente Internet
de 1999 me permitió planificar vuelos, alojamiento y actividades, además de permitirme ahorrar unos dolares.Como vivimos en Córdoba, decidimos salir directamente del aeropuerto local y viajar a través de Santiago de Chile. Debo confesar que estar al frente de un grupo de ocho personas no es una tarea fácil para quien, por más que le guste no es un profesional del turismo.
Y el sueño comenzó a hacerse realidad. Partimos de Córdoba rumbo a Santiago y de allí a Nueva York . Un comentario especial merecen los viajes en avión. Trasladar a la hora de la cena, la mesa de tu casa a diez mil metros de altura es realmente divertido: lo que a vos te gusta, lo que vos no querés … todo se comparte.
A primera hora de la mañana aterrizamos en el aeropuerto Kennedy de Nueva York y allí estábamos los ocho, equipaje en mano y en una helada mañana con nieve por todos lados. Nos habíamos organizado de tal manera que cada uno llevaba su valija y nos repartíamos la valija de la abuela. Pero el viaje no había terminado y debíamos llegar a la “gran manzana”. Y como lo teníamos previsto tomamos un “shuttle” (obnibus interno) gratuito que nos llevó a una estación de tren , el cual luego se convertía en subterráneo de Nueva York. Habíamos elegido un hotel frente al Madison Square Garden, ése año sin actividad basquebolística por un conflicto entre jugadores y empresarios. El metro, luego de una viaje de una hora rodeados de los personajes de la ciudad: de todos los rasgos, credos y religiones y ensimismados en sus walkman, libros, diarios y teléfonos celulares, algunos extrovertidos y otros por demás introvertidos, nos dejó a tres cuadras del hotel las cuales recorrimos caminando a las 10:00 de la mañana y haciendo rodar las valijas por esas hermosas calles.
Por la forma en que estaba conformado el grupo, el alojamiento lo organizamos sobre la base de una habitación doble para papá y mamá y dos habitaciones triples, una para la abuela con las nenas y otra para los tres varones.El hotel elegido era chico pero confortable y pintoresco. Un viejo edificio con los rasgos de Nueva York de la década del 40 en el que lo curioso eran los viejos e irregulares pisos de parquet de las habitaciones con graciosas pendientes hacia los costados.
De la experiencia en Nueva York los recuerdos más importantes que rescatamos son el frío, que obligó a mi madre a su edad a usar medias tres cuartos de algodón cosa que no había hecho nunca en su vida, las visitas a los museos, comer hotdogs y pretzels todos juntos en las escaleras del Museo Metropolitano en Quinta Avenida, la oportunidad de ver por última vez las “Torres Gemelas” apareciendo y desapareciendo bajo una espesa niebla –toda una postal para el recuerdo- y la frutilla de la torta ... patinar en el hielo en Rockefeller Center.

Y llegó el momento de dejar la Gran Manzana. En éste caso el medio de transporte elegido era el tren. La planificación que habíamos hecho nos permitía cruzar la calle que separaba el hotel del Madison, bajar las escalera y tomar allí mismo en Penn Station el tren a Washington DC. Un corto viaje y estábamos en la Estación de Trenes de Washington preparados para dirigirnos a nuestro hotel frente al famoso complejo edilicio de Watergate, lugar tan famoso en la presidencia de Richard Nixon. Subterráneo mediante, caminata bajo el sol de inivierno y nuestro nuevo hotel.Washington es una ciudad fascinante y un gran centro cultural. De más está decir que los días que pasamos alli los pasamos visitando los importante museos gratuitos que pululan por la ciudad: Museo Nacional del Aire y el Espacio, Historia Natural, Biblioteca del Congreso, Nacional de Historia, y recorriendo parques y paseos sin dejar de mencionar la impresionante estatua de Lincoln que vemos en tantas películas. Otra actividad interesante fue la visita a Alexandria, una hermosa ciudad detenida en el tiempo a la que llegamos en tren. Y a medida que el tiempo en Washington se agotaba, se acercaba el tiempo de la fantasía, dejando atrás lo cultural –tomado en el sentido del arte y de la historia-. Como se imaginarán nuestro próximo destino era la ciudad de Orlando y sus parques temáticos.Dada la distancia que separa Washington de Orlando y gracias a un pasaje super descontado y conseguido a través de Internet, viajamos en avión. Pero una vez más era necesario llegar al aeropuerto y los vuelos baratos suelen tener sus inconvenientes: no despegaba del Aeropuerto Reagan –casi en el centro mismo de la ciudad y frente a Cristal City- sino del aeropuerto de Dulles, el de las aventuras de Bruce Willis en Duro de Matar. Ese aeropuerto queda en Virginia y bastante alejado de DC. Pero, a ésa altura mis habilidades como “guía de turismo” amateur se habían ido perfeccionando y contraté una van dedicada para nuestro grupo que nos llevó a la estación aérea. Llegamos a Orlando por la tarde y allí teníamos reservada una van con capacidad para los ocho y los equipajes. Pero y siempre hay un pero, como habíamos salido a los apurones mi carnet de conductor había quedado en la guantera del auto en el garage de mi casa en Córdoba. Cuando me di cuenta, no en ése momento sino unos días antes pedí que me lo enviaran vía courrier al hotel de Orlando que teníamos reservado. Eso nos obligó a trasladarnos en taxi al hotel – no podíamos en Orlando seguir aprovechando las virtudes del subterráneo -, retirar el sobre con el carnet de conductor que afortunadamente había llegado y volver acompañado por mi hijo –el tercero- a la agencia locadora de autos que, obviamente estaba en el aeropuerto. La ley de Murphy … siempre presente. Alquilamos la van a la que cariñosamente bautizaron como “camión” e intentamos ir en forma rápida al hotel pero ya era de noche y como dice el dicho “de noche todos los gatos son pardos”. Como no podía ser de otra manera y por más que tratáramos de guiarnos por los mapas que te dan en las agencias nos extraviamos por lo que el viaje se hizo más largo de lo previsto y llegamos alrededor de las 22:00 horas. La familia ya estaba alojada y disfrutando de las piletas en el hotel. A la mañana siguiente y bien temprano todos arriba y sentados en el camión con destino a Magic Kingdom, luego siguió Epcot, Reino Animal y Universal Studios y el ciere en el mismo parque en el que comenzamos. Describir las vivencias en esos lugares es muy difícil pero lo cierto es que en los parques temáticos y cuando las personas disfrutan de la fantasía, las diferencias de edad parecen no existir y da lo mismo tener ochenta años –los de mi madre- que doce años –la edad de mi hijo menor en aquel entonces.Como complemento a los parques y en un día de descanso que nos tomamos, hicimos una visita a Daytona Beach en la costa en donde mis hijos, ayudados por la audacia que les da a juventud se dieron un baño en un día no muy cálido en la costa atlántica. Toda la vida me va a acompañar una imagen de la última noche del viaje y en el último parque al que fuimos, el mismo por el que empezamos: Magic Kingdom en Disney. El lugar, castillo de la Bella Durmiente, la hora, cierre del parque y fuegos artificiales. La alegría y el asombro en los rostros de quienes me acompañaban habían valido el esfuerzo. Como corolario del viaje, cambié cinco dolares americanos en cinco billetes de un dolar de Disney y le di uno a cada uno de mis hijos para que los cambien cuando regresen alguna vez a ése mundo de fantasía. Pasados los años, suelo ver en sus cajones y o billeteras esos billetes doblados y guardados como un recuerdo vivo de un sueño realizado. Con melancolía finalmente nos trasladamos a Miami en donde devolvimos el camión y avión de por medio regresamos a nuestra querida Córdoba que nos vió nacer.